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Martes, 20 de octubre de 2026
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Vivir sin certezas: el costo emocional de no saber si mañana habrá agua o luz

Apagones, interrupciones de agua, racionamientos y la necesidad constante de prepararse para la próxima falla forman parte de la realidad de muchas familias en Puerto Rico.

Paola Soto

· 5 min de lectura

Vivir sin certezas: el costo emocional de no saber si mañana habrá agua o luz

Investigaciones realizadas en la isla han encontrado asociaciones entre la pérdida prolongada de servicios esenciales y síntomas de ansiedad y depresión. ¿Qué ocurre cuando vivir preparado para una emergencia comienza a convertirse en rutina?

Abrir la pluma para comprobar si llegó el agua. Cargar el celular antes de dormir por si se va la luz. Llenar envases. Pensar dos veces cuánto comprar en el supermercado por miedo a perder los alimentos. Revisar constantemente cuándo comienza o termina el próximo turno de racionamiento.

Para muchas familias en Puerto Rico, prepararse para perder un servicio esencial ha dejado de ser algo reservado para la llegada de un huracán.

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La actual sequía y las interrupciones programadas del servicio de agua vuelven a colocar sobre la mesa una realidad que los puertorriqueños también han experimentado con el sistema eléctrico: la incertidumbre de no saber con certeza cuándo estará disponible algo tan básico como agua o electricidad.

Y esa incertidumbre puede representar mucho más que una inconveniencia.

Investigaciones realizadas en Puerto Rico después del huracán María encontraron asociaciones entre las interrupciones prolongadas de servicios esenciales y la salud mental de la población.

Cuando perder un servicio se convierte en un estresor

Un estudio realizado con adultos en Puerto Rico después de María analizó diferentes experiencias relacionadas con el desastre, incluyendo pérdidas personales, materiales y de servicios.

Los investigadores encontraron que las interrupciones de servicios estuvieron significativamente asociadas con síntomas de ansiedad y depresión. Además, mientras mayor era la cantidad de factores estresantes experimentados, mayor era la probabilidad de presentar síntomas de depresión, ansiedad y estrés postraumático.

Esto no significa que cada apagón o interrupción de agua provoque automáticamente un trastorno de salud mental.

Lo que demuestra es que la pérdida de servicios puede formar parte de la carga de estrés que enfrenta una persona, particularmente cuando se combina con otras dificultades.

¿Y la falta de agua?

Existe evidencia todavía más específica.

Otra investigación estudió a 523 adultos mayores en Puerto Rico aproximadamente seis meses después del huracán María y examinó, entre otros factores, cuánto tiempo tuvieron que esperar para recuperar agua y electricidad.

Una espera más prolongada para recuperar el servicio de agua estuvo asociada con mayor prevalencia y severidad de síntomas depresivos y una menor percepción de seguridad.

El hallazgo adquiere particular relevancia en momentos en que Puerto Rico vuelve a enfrentar una crisis de abasto y miles de personas han tenido que reorganizar sus rutinas alrededor del racionamiento.

No es solamente que “se fue la luz”

Un episodio mucho más reciente permite observar qué preocupa a las personas cuando falla un servicio esencial.

Durante el apagón general del 16 de abril de 2025, la Administración de Servicios de Salud Mental y Contra la Adicción (ASSMCA) reportó 522 llamadas a la Línea PAS.

Las preocupaciones iban mucho más allá de permanecer unas horas sin electricidad.

Personas expresaron ansiedad ante la posibilidad de perder alimentos, sufrir daños en equipos eléctricos, no poder utilizar equipos médicos o conservar medicamentos que necesitaban refrigeración.

Algunos también expresaron miedo por la seguridad durante la noche, soledad y tristeza.

Incluso hubo personas para quienes el apagón reactivó recuerdos y emociones relacionados con el huracán María, según informó ASSMCA.

Vivir pendiente del próximo problema

Ahí aparece otra dimensión de la crisis.

El impacto no necesariamente comienza cuando desaparece el servicio.

También puede existir una carga mental asociada a anticipar lo que podría ocurrir.

¿Llené suficientes envases? ¿Cuándo vuelve el agua? ¿Tengo batería? ¿Se dañará la comida? ¿Tengo gasolina para la planta? ¿Cómo baño a los niños? ¿Podré trabajar mañana?

Cada pregunta implica una decisión adicional.

Y cuando las interrupciones son recurrentes, la preparación también puede convertirse en parte de la rutina.

La evidencia disponible no permite afirmar que todos los puertorriqueños estén desarrollando problemas de salud mental como consecuencia de los apagones o del racionamiento actual. Tampoco contamos con datos que demuestren, por ahora, un aumento específico de diagnósticos provocado por la sequía de 2026.

Pero investigaciones anteriores sí permiten establecer que la pérdida prolongada de servicios ha estado asociada con consecuencias emocionales en poblaciones estudiadas en Puerto Rico.

No afecta a todo el mundo de la misma manera

Una interrupción de ocho horas no representa la misma experiencia para todas las familias.

Una persona con cisterna, placas solares, batería o generador cuenta con alternativas que otra familia posiblemente no tenga.

Tampoco enfrenta las mismas consecuencias alguien que puede trabajar desde otro lugar que una persona que pierde ingresos cuando no tiene electricidad o agua.

La vulnerabilidad puede aumentar además entre adultos mayores, familias con niños, cuidadores y personas que dependen de equipos médicos o medicamentos que requieren refrigeración.

Por eso, hablar del impacto emocional de las fallas de infraestructura también implica hablar de desigualdad.

Los niños también han vivido las consecuencias

Después de María, investigadores evaluaron a 96,108 estudiantes de escuelas públicas de Puerto Rico, desde tercero hasta duodécimo grado.

Entre los jóvenes estudiados, 32.3% reportó escasez de alimentos o agua y 16.7% todavía permanecía sin electricidad entre cinco y nueve meses después del huracán.

Además, 7.2% presentó síntomas clínicamente significativos de estrés postraumático.

Es importante hacer una distinción: esas cifras no significan que la falta de agua o electricidad causara por sí sola el estrés postraumático. Los menores estuvieron expuestos simultáneamente a múltiples experiencias relacionadas con uno de los desastres más devastadores en la historia reciente de Puerto Rico.

Sin embargo, la falta prolongada de servicios formó parte de ese conjunto de factores estresantes.

¿Nos estamos acostumbrando a vivir en alerta?

Esa podría ser una de las preguntas más importantes en medio de la situación actual.

Puerto Rico ha enfrentado huracanes, terremotos, apagones generales, interrupciones recurrentes de electricidad y ahora una nueva crisis de agua.

Cada evento tiene circunstancias y consecuencias diferentes. Pero todos pueden obligar a las personas a modificar sus rutinas alrededor de necesidades esenciales.

La pregunta para los profesionales de salud mental es qué ocurre cuando esa preparación deja de sentirse excepcional y la posibilidad de que algo falle comienza a estar siempre presente.

ASSMCA cuenta con servicios de intervención en crisis y la Línea PAS, disponible para personas que necesiten apoyo emocional.

Puerto Rico necesita hablar de infraestructura en metros de agua, megavatios, averías y abonados afectados.

Pero quizás exista otra medida que no aparece diariamente en las estadísticas.

El costo emocional de tener que preguntarnos constantemente si mañana tendremos aquello que debería ser básico.

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